Rosario Castellanos
—Pero, señor, es obvio. Porque alguien (cuando yo era pequeña) dijo que la gente como yo, no existe. Porque su cuerpo no proyecta sombra, porque no arroja peso en la balanza, porque su nombre es de los que se olvidan. Y entonces... Pero no, no es tan sencillo.
Escribo porque yo, un día, adolescente, me incliné ante un espejo y no había nadie. ¿Se da cuenta?. El vacío. Y junto a mi los otros chorreaban importancia.
No, no es envidia. Era algo más grave. Era otra cosa.¿Comprende usted? Las únicas pasiones lícitas a esa edad son metafísicas. No me malinterprete.
Y luego, ya madura, descubrí que la palabra tiene una virtud: si es exacta es letal como lo es un guante envenenado.
¿Quiere pasar a ver mi mausoleo? ¿Le gusta este cadáver?
Pero si es nada más una amistad inocua. Y ésta una simpatía que no cuajó y aquél no es más que un feto. Un feto. No me pregunte más.
¿Su clasificación?
En la tarjeta dice amor, felicidad lo que sea. No importa.
Nunca fue viable. Un feto es un frasco de alcohol.
Es decir un poema del libro del que usted hará el elogio.

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